CERIUM - Centre d'études et de recherches internationales
  20 de marzo de 2008
Millenio.com

Tragedia en Tierra Santa

(Ci-dessous, l’original français de l’article)

Conozco muy bien el colegio Merkaz Harav donde murieron los ocho estudiantes judíos. Durante mi año sabático en 1980-1981, viví muy cerca de ahí, participé a menudo en las oraciones cotidianas y a veces iba a escuchar las conferencias. Los jóvenes que ahí conocí ya son padres y abuelos, y la gran mayoría de ellos se estableció en los territorios ocupados por Israel en 1967. Las víctimas pertenecían a la tercera generación de colonos, y para ellos los territorios, que llaman por sus nombres bíblicos Judea y Samaria es su casa, la casa de sus padres y, en algunos casos, de sus abuelos.

No obstante, ese sentimiento de continuidad es más que una vinculación sentimental al lugar de nacimiento. Para los estudiantes de Merkaz Harav, los territorios no fueron ocupados sino liberados. Merkaz Harav les inculca el amor a la Tierra de Israel organizando a menudo excursiones a los territorios. Los estudiantes terminan por conocer las colinas y los ríos, para identificar cada lugar físico ligado a la historia bíblica. Sin embargo, su visión es selectiva: casi no prestan atención a los millones de árabes que allí habitan.

Desde hace décadas, el colegio se ha convertido en el motor de la colonización ideológica de Cisjordania y Gaza. Miles de jóvenes judíos fueron educados en sus aulas en el espíritu de sacrificio que promueve la colonización sionista de las tierras bíblicas; entendiendo por “sionista” el movimiento político europeo que creó el Estado de Israel y alienta a los judíos al “retorno a Sión”, uno de los nombres bíblicos de Jerusalén.

Muchos de estos jóvenes han desafiado al gobierno israelí al formar colonias sin autorización. Cada tanto el gobierno los expulsa de sus casas. Pero por lo común los políticos terminan por ceder ante el entusiasmo de los jóvenes sionistas, que, a diferencia del resto de los israelíes más bien aburguesados, son probablemente los únicos idealistas impregnados del espírtu de los pioneros. Sin embargo, ellos constituyen apenas el 15 por ciento de la población de Israel.

Reacciones a la masacre

Entre los dirigentes que asistieron a las exequias de las víctimas no se vio al presidente Shimon Peres ni al primer ministro Ehud Olmert; tampoco al ministro de la Defensa, Ehud Barak. Cuando la ministra de Educación, Yuli Tamir, se atrevió unos días más tarde a entrar al Merkaz Harav, debió acortar su visita ante las protestas de los alumnos que la trataron de “asesina” y “traidora”. Se reconoce en esto el abismo que separa a los colonos sionistas de la mayoría israelí.

Mientras muchos judíos, tanto en Israel como en otros países, denunciaron al gobierno israelí a causa de los ataques en Gaza, el director de Merkaz Harav deploró “el vacío de liderazgo que debe dar lugar a un gobierno fuerte que refleje los intereses reales de la nación”. Precisó que no era posible ninguna partición de la Tierra Santa: “Nosotros heredamos esta tierra de nuestros patriarcas, todos los espacios que no están en nuestras manos han sido robados por los árabes”. En otros términos, hay que “limpiar” la Tierra Santa de los árabes.

No es de sorprender que entre los egresados del colegio se encuentren partidarios de la deportación de los palestinos, provocadores que hostigan a los periodistas israelíes y a los peatones árabes en Hebrón; terroristas que han fusilado a alumnos palestinos en el patio de una escuela, fanáticos que quieren arrasar las mezquitas en el centro de Jerusalén a fin de erigir ahí el Tercer Templo.

Tampoco debe sorprender que al comentar la masacre, el periodista israelí Gideon Levy haya calificado al colegio Merkaz Harav de fascista y que el profesor Moshe Zimmermann, de la Universidad Hebraica en Jerusalén, encuentre paralelos inquietantes entre la Hitlerjugend (juventud hitleriana) y el movimiento de jóvenes que dirigen los egresados de Merkaz Harav. Uno de los primeros en levantar la voz contra la colonización de los territorios ocupados fue el difunto profesor Yeshayahu Leibowitz, judío practicante y erudito, que trataba a los colonos de “judeo-nazis”.

El teólogo judío Marc Ellis de la Universidad Baylor en Texas, subraya el alcance universal de los valores del judaísmo: “Quienes están en contra de la opresión deben oponerse a toda opresión”. Él alienta a “los judíos de consciencia” —cuyo número no cesa de crecer en relación a la violencia que provoca el sionismo desde hace más de un siglo— a intensificar su oposición a esta violencia. Y llega al punto de formular un nuevo precepto: “No oprimirás a un palestino”.

La crisis actual arroja luz sobre la amalgama que se esparce entre el Estado de Israel, de una parte, y los judíos, de otra, así como entre el antisemitismo y el antisionismo, una amalgama que sigue ahogando el debate político sobre Israel y Palestina.

En el umbral de las celebraciones en Israel por el 60 aniversario de la fundación del Estado, el 14 de mayo de 1948, qué mejor momento para ya no tratarlo de “Estado judío” o de “Estado hebreo”, de despegarlo de la historia de la Shoah [el Holocausto o exterminio de seis millones de judíos por los nazis], cuya memoria es invocada cada vez que se intenta criticar a Israel. Muchos judíos, tanto en Israel como en otras partes del mundo, se sentirán aliviados, puesto que ellos se oponen a lo que Israel ha sido y ha hecho. Se podrá entonces juzgar a las políticas de Israel como se juzga a las de cualquier otro Estado en el mundo. Después de todo, se lo debemos a los fundadores del Estado sionista que aspiraban a esta normalización apasionadamente.


L’original français de l’article

Tragédie en Terre sainte

Yakov M. Rabkin*

Les rapports que l’Occident entretient avec l’État d’Israël ne font pas justice à l’héritage de ses pères fondateurs. Ils voulaient opérer une rupture définitive avec l’histoire juive, réaliser un ambitieux projet d’ingénierie sociale et créer un « nouveau juif ». Ce projet a réussi, c’est pourquoi les Israéliens restent tellement divisés que même les tragédies ne parviennent plus à les unir. La semaine dernière, la Terre sainte a connu sa part de tragédies : l’armée israélienne a tué des dizaines de Palestiniens, dont des enfants, tandis qu’un Palestinien de Jérusalem a tué huit jeunes juifs le 6 mars dernier. Ces tragédies n’ont fait qu’approfondir le clivage que l’histoire d’Israël continue de creuser parmi les juifs.

Massacre à Jérusalem

Je connais bien le collège Merkaz Harav où sont morts les huit étudiants juifs. En 1980-1981, lors de mon congé sabbatique, j’habitais tout près, je participais souvent aux prières quotidiennes et allais parfois y écouter des conférences. Les jeunes que j’y ai connus sont devenus pères et grands-pères, la grande majorité d’entre eux s’étant établie dans les territoires occupés par Israël en 1967. La génération à qui appartiennent les victimes de l’assassinat constitue la troisième génération de colons et pour eux les territoires, qu’ils appellent Judée et Samarie d’après leurs noms bibliques, c’est leur maison, la maison de leurs parents et, parfois, de leurs grands-parents.

Pour les étudiants de Merkaz Harav, les territoires ne sont pas occupés, mais libérés. Merkaz Harav leur inculque l’amour de la Terre d’Israël en mettant l’accent sur l’importance d’y habiter, afin de préparer l’arrivée du Messie, et en organisant des randonnées dans les territoires. Les étudiants finissent par identifier chaque lieu physique lié à l’histoire biblique. Pourtant, leur vision est sélective : ils ne prêtent guère attention aux Arabes qui y habitent.

Depuis des décennies, ce collège est devenu le moteur de la colonisation idéologique de la Cisjordanie et de Gaza. Des milliers de jeunes juifs y ont été éduqués dans l’esprit de sacrifice qui marque quelquefois la colonisation sioniste des terres bibliques. Bon nombre d’entre eux ont défié le gouvernement israélien en fondant des colonies sans autorisation. Parfois, le gouvernement les a expulsés, mais d’habitude les politiciens ont cédé devant l’enthousiasme des jeunes sionistes qui, à la différence du reste des Israéliens plutôt embourgeoisés, sont probablement les seuls idéalistes imprégnés de l’esprit des pionniers. Or, ils constituent à peine 15 % de la population d’Israël.

Réactions au massacre

Parmi les dignitaires qui assistaient aux obsèques des victimes ne figuraient ni le président Shimon Peres, ni le premier ministre Ehud Olmert, ni le ministre de la Défense Ehud Barak. Lorsque la ministre de l’Éducation Yuli Tamir a osé entrer à Merkaz Harav, elle a dû écourter sa visite devant les protestations des élèves qui la traitaient d’« assassin » et de « traître ». On reconnaît là un reflet de l’abîme qui sépare les colons sionistes de la majorité israélienne.

Tandis que nombreux sont les juifs, tant en Israël qu’ailleurs, qui dénoncent le gouvernement israélien à cause des attaques sur Gaza, le directeur de Merkaz Harav souligne « le vide de leadership » et prône « un gouvernement fort soucieux des intérêts réels de la nation ». Il a précisé qu’aucun partage de la Terre sainte n’était possible : « Nous avons hérité cette terre de nos patriarches, tous les endroits qui ne sont pas entre nos mains ont été volés par les Arabes. » En d’autres termes, il faut nettoyer la Terre sainte des Arabes.

Il n’est donc pas étonnant de retrouver parmi les diplômés du collège des partisans de la déportation des Palestiniens, des voyous qui harcèlent les piétons arabes à Hébron, des terroristes qui ont fusillé des élèves palestiniens dans une cour d’école, des fanatiques qui veulent raser les mosquées au coeur de Jérusalem afin d’y ériger le Troisième Temple.

Il n’est donc pas étonnant non plus que le journaliste israélien Gideon Levy, commentant le massacre, qualifie Merkaz Harav de fasciste, que le professeur Moshé Zimmermann de l’Université hébraïque à Jérusalem trouve des parallèles inquiétants entre les jeunesses hitlériennes et le mouvement de jeunesse que dirigent les diplômés de Merkaz Harav. Un des premiers à élever la voix contre la colonisation, feu professeur Yeshayahou Leibowitz, juif pratiquant et érudit, traitait les colons de «judéo-nazis».

Le théologien juif Marc Ellis de l’Université Baylor au Texas souligne la portée universelle des valeurs du judaïsme : « Ceux qui sont contre l’oppression doivent s’opposer à toute oppression. » Il encourage « les juifs de conscience », dont le nombre ne cesse de croître en réaction à la violence que provoque le sionisme depuis plus d’un siècle, à intensifier leur opposition à cette violence. Il va jusqu’à formuler un nouveau précepte : « Tu n’opprimeras point le Palestinien. » Les juifs sont profondément divisés sur la question d’Israël.

La nouvelle flambée de violence met en lumière l’amalgame courant entre l’État d’Israël, d’une part, et les juifs, d’autre part, ainsi qu’entre l’antisémitisme et l’antisionisme, amalgame qui étouffe tout débat rationnel sur Israël. À la veille du 60e anniversaire de l’État d’Israël, il est grand temps de mettre de côté des termes comme « État juif » et « État hébreu ». Il ne faut plus invoquer la douloureuse histoire des juifs en Europe chaque fois qu’il s’agit d’Israël, puisque cet État a ses propres intérêts et ses propres valeurs, fort différents de ceux des juifs de la diaspora. Bien des juifs, tant en Israël qu’ailleurs dans le monde, en seront soulagés, car ils n’approuvent ni les politiques israéliennes, ni la morale qui sous-tend ces politiques. On pourra alors traiter Israël d’une manière plus rationnelle, comme on le fait à l’égard de tout autre État. Après tout, nous le devons aux fondateurs de l’État sioniste qui aspiraient si ardemment à cette normalisation.

  • Yakov RabkinYakov Rabkin

    Yakov M. Rabkin est professeur titulaire au département d’histoire de l’Université de Montréal, membre du Centre canadien d’études allemandes et européennes.
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